TRASTORNO DE ANSIEDAD.
Malos tratos infantiles.
CASO REAL (Publicado en la revista Psicología Práctica nº 57)
Marisol, una joven de 25 años huérfana de madre, solicitó tratamiento por un trastorno de ansiedad que cursaba con angustia, tensión muscular, temblores, trastornos del sueño y sensación de quedarse con la mente en blanco, entre otros síntomas.
El motivo fundamental de la consulta era su incapacidad para hablar. Con demasiada frecuencia, y siempre coincidiendo con momentos de estrés, una especie de bloqueo mental la volvía literalmente muda. En estos difíciles momentos, su única respuesta era esconderse, irse al baño, al archivo, o a cualquier lugar donde nadie la viera en esa penosa situación. Ante el temor de sufrir una nueva crisis, evitaba las salidas y con ello perdía amigos. Sus continuas huidas y su incapacidad para comunicarse hacían crecer su aislamiento. Se sentía como un náufrago en una isla desierta que ella misma creaba.
Marisol había crecido en un ambiente de rigidez, de vacío afectivo y de mal trato. Su madre había fallecido siendo ella una niña de tres años. Su padre llevaba una vida descontrolada y era adicto al alcohol. Poco después volvió a casarse.
Según decía, creció pensando que ese desierto afectivo era lo normal. Pero a medida que los años pasaban, se daba cuenta de su desgracia, recordando imágenes de malos tratos que con frecuencia recibía de su madrastra. |
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La pesadilla se repite
Según contaba en las sesiones, aprendió a leer antes de lo normal. Desde niña, su refugio eran los cuentos primero y los libros después. Un día empezó a salir con un chico y a vivir de verdad. Dejó su isla literaria y se entregó en cuerpo y alma a la relación. Pero poco después, empezaron los malos tratos. Aunque, en seguida, puso fin a la relación, su ansiedad se agudizó y empezó a manifestarse el problema tanto tiempo reprimido. Comenzaron los bloqueos mentales y verbales, e incapaz de asociar el maltrato del novio con su historia infantil y venciendo una gran resistencia, decidió iniciar una terapia. |
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La clave del trauma
Rastreando en sus edades infantiles, fueron apareciendo en su conciencia imágenes sangrientas. Un día la niña quería salir a jugar en el patio de su casa. La madrastra la había dejado sola y encerrada. Pasaban las horas y la mujer no llegaba. Entonces, harta de soportar el cautiverio, intentó salir por la puerta de atrás. Pero al salir, un golpe de viento cerró la puerta y no pudo volver a entrar. Marisol, angustiada, presintiendo el castigo se encerró en el pajar. Al regresar la madrastra, le hizo entrar de nuevo en casa y se ensañó con ella. Así, Marisol sintió un aliento enfurecido rozándole la cara, los golpes de su cabeza contra la pared, su nariz sangrando y dejando gotas rojas en el suelo… Poco después, la humillación final: si ella había manchado el piso, debía limpiarlo, pero no de cualquier otra manera, debía limpiarlo con la lengua, y si se lo contaba a alguien, le contaría la lengua sin dudar. Su boca y su memoria quedaron selladas desde entonces.
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El maltrato recibido en la relación con su novio reactivó el episodio traumático tanto tiempo reprimido. No apareció, entonces, el recuerdo consciente, pero sí sus efectos en forma de miedo y ansiedad, que se manifestaba como un bloqueo en la comunicación y en la palabra. Así cumplía el mandato de silencio que su madrastra le había impuesto. Si no lo cumplía, le cortaría la lengua y además, debía olvidar este suceso. Así ocurrió.
Con la Terapia Regresiva pudo revivir emocionalmente el hecho traumático. Liberó la energía retenida que le causaba el daño y en unas cuantas sesiones se pudo despedir. Sus esquemas mentales y sus miedos pudieron disolverse y con ello su vida se empezó a reconstruir.
Equipo CIE PSICOLOGOS. |
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