TRASTORNO DEPRESIVO.
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CASO REAL (Publicado en la revista Psicología Práctica nº34)
Un caso de trastorno depresivo que se atendió en consulta fue el caso de Ana. Tenía 35 años, un hijo de dos y se había separado unos meses atrás. Mientras afrontaba su divorcio la empresa en la que trabajaba le anunció la finalización de su contrato, y en estas condiciones el mundo se le vino encima.
Ana presentaba muchos de los síntomas de un trastorno ansioso-depresivo: pérdida de peso, ansiedad, insomnio, aislamiento, desesperanza, desorientación, tristeza e ideas autodestructivas. Con escasos apoyos económicos, familiares y sociales, se sentía absolutamente incapacitada para afrontar su problema. Además, la urgente necesidad de atender a su hijo, hacia el que experimentaba sentimientos ambivalentes de amor y odio, le preocupaba tanto que le hizo plantearse la necesidad de seguir una terapia.
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Un trauma del pasado
En una de las sesiones refirió que cuando bañaba a su hijo, mientras observaba sus genitales, le dieron ganas de ahogarlo. Este pensamiento destructivo, repetido una y otra vez, le produjo tal sensación de descontrol y culpabilidad que tuvo que llevarlo unos días a casa de sus padres.
Era evidente que el trastorno que sufría estaba arraigado en capas muy profundas de la mente y era necesario intervenir con técnicas de profundidad. La Terapia Regresiva era el enfoque adecuado.
Desde las primeras sesiones se produjo una mejoría significativa, pero aún no había aparecido el núcleo emocional responsable de su malestar. Repasando su infancia, el término “violación” se repetía con frecuencia, sin ninguna experiencia aparente que lo justificase. |
Pero un buen día, inesperadamente, en una sesión de regresión, Ana se encontró reviviendo un momento de su gestación en el interior del útero materno. Según refería, al principio, se sentía muy tranquila, con sentimientos profundos de identificación absoluta con su madre. Pero, de pronto, la situación cambió dramáticamente, pues algo fuerte y agresivo vino a turbar su paz: Ana sintió que su padre estaba realizando una penetración forzada que su madre rechazaba, y pudo revivirlo con todo el malestar y la aversión que la madre sentía.
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La curación.
A partir de la identificación del núcleo del conflicto, Ana sintió un cambio sustancial en sus pensamientos, sentimientos y conductas hacia su hijo. Su bienestar subjetivo mejoró. La reconstrucción emocional que, a continuación, se llevó a cabo permitió que, poco tiempo después, nos despidiéramos seguras de que el cambio se había instalado definitivamente en su vida.
Hoy mantiene unas relaciones plenas con su actual pareja; la ambivalencia de sentimientos ha desaparecido y disfruta su relación maternal sin miedos.
Equipo CIE PSICOLOGOS. |
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