Levantarse a los amaneceres, desayunar en un santiamén, entrar a codazos en el autobús o tragarse una caravana de kilómetros para llegar al fin a tu trabajo desmelenada, sudorosa y como recién salida de una batalla campal.
Pero eso es sólo el principio, porque aú te quedan ocho durísimas horas de jornada que deberás cumplir, día tras día.
Y por si fuera poco, tu ambiente laboral tampoco ayuda: Rivalidades, caras largas, hostilidad y malos rollos hacia tus compañeros de trabajo. En consecuencia, estás crispada, cometes más errores de los habituales, tu rendimiento baja y tu jefe te llama la atención. Al terminar tu jornada, sigues rumiando tu mala situación y te mantienes en ese círculo vicioso sin hacer nada por romperlo.
La mayor parte de nuestra vida la pasamos en el trabajo, por eso, vivir en un ambiente laboral desagradable puede llegar a enfermarnos, a no ser que tengamos otras compensaciones en nuestra vida personal que equilibren la situación. |
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Imagina qué distinto sería cada día si, después de sufrir esos inconvenientes que todos soportamos en una gran ciudad, al llegar a tu puesto te sintieras acogida y pudieras dar un gran suspiro de alivio.
Esto ocurre cuando se tienen relaciones agradables con los compañeros, cuando se comparte con ellos algo más que unas simples tareas rutinarias que podrían llegar a convertirnos en poco más que simples piezas de una fría cadena de montaje.
Es importante invertir en nuestras relaciones de trabajo. De la calidad de estas relaciones depende, en buena medida, nuestro bienestar emocional.
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